A comienzos del tercer milenio, ya en el siglo XXI --2010 para ser exactos--, al volver la vista atrás nos golpea la realidad al contemplar el evolucionar de las costumbres; tradiciones, valores, principios, creencias, normas de conducta, entre otros reglamentos obligados para la convivencia en sociedad.
¡Y es que se encuentran en franca decadencia...!
Hace un siglo atrás, en Latinoamérica se vivía a un ritmo lento, reposado y relativamente pacífico, respetando las leyes establecidas --basadas en el Derecho Romano--, pues se consideraba que dichas normativas eran las idóneas para el desarrollo político-económico-social y cultural de las naciones. Bastaba con respetar las Garantías Constitucionales, que se definían así: "Las Garantías Constitucionales son ciertos derechos y atributos inherentes a la persona humana; trata de ellos un capítulo de la Constitución, que se limita a garantizar, significando con ello que estas garantías no tienen su origen en la ley, sino que las adquiere cada ciudadano por derecho propio, o sólo por el hecho de ser tal". Con esto bastaba.
Pero...
Gradualmente, esos principios y valores fueron derribados en una estampida provocada por agrupaciones rebeldes de inadaptados sociales que vociferaban amenazas contra la "tiranía" de los sistemas, exigiendo mayor libertad de acción en lo cultural, en lo sexual y en lo político, basándose en el libertinaje que se estaba generando en Norteamérica y que era exportado a los países del tercer mundo a través de películas, magazines, noticieros amarillistas, pornografía y drogas, donde obtenían pingües ganancias.
Todas las iniciativas tendientes a controlar esa avalancha se vieron frustradas ante la encarnizada defensa de improvisados activistas, que tergiversando la nobleza de propósitos de los Derechos Humanos, los retorcieron transformándolos en "derechos deshumanizados" que actuaron a favor de la anarquía, previa a su práctica. La película "Rebelde sin causa" éxito de taquilla en el mundo entero; magistralmente dirigida, interpretada por un grupo de actores juveniles de gran talento, y que tocaba el escabroso tema de familias disfuncionales que descuidaban a sus hijos provocando su rebeldía, fue una de las causas que provocaron el ¡boom! que derrumbó estructuras sociales convencionales.
La aceptación inmediata por parte de los jóvenes de lo 50`s --mediados del siglo XX--, de la dramática actitud de los actores, su forma de expresarse, sus ademanes, sus gestos, su modo de vestir, en fin, determinaron una "nueva ola" de imitadores y snobs que repitieron el argumento del drama generacional una y otra vez en el seno de sus hogares. Esa tendencia, que llegó para quedarse, fue fortalecida por la aparición de otros films con la misma temática; por la formación del "movimiento hippie" y las bandas de Rock integradas por jóvenes con el pelo largo --en señal de protesta.
La mala copia que se hizo en Latinoamérica de toda esa parafernalia, significó el inicio de la descomposición social tolerada por padres de familia, maestros, tutores, medios de comunicación, industria y comercio, principalmente estos últimos, que hicieron su agosto comercializando extravagancias de moda.
Ya abierta la brecha en la estructura social de los países tercermundistas, fue fácil chantajear a las mayorías, que tuvieron que aceptar los "cambios" so pena de sucumbir como autoridades sociales.
Así las cosas, de "hijos de dominio", los jóvenes en la actualidad han pasado a ser hijos dominantes, gracias a los Derechos Humanos; a la deficiente aplicación de las leyes por temor a represalias de pandillas juveniles y a mil pretextos más que se esgrimen para justificar la inoperabilidad del sistema.
Y no es que estemos exagerando, ni "chocheando", ni que seamos "amargados" --calificativo al que se recurre para desvirtuar posiciones correctivas radicales de entes que luchamos por una mejor calidad de vida para la población salvadoreña--. Estas deducciones emanaron de un foro en el que se discutía sobre causas y efectos de la delincuencia en El Salvador.
Las partidarias posiciones de los políticos cuando se trata de encontrar soluciones a este flagelo en el seno del Parlamento, son sencillamente decepcionantes; pareciera que no se trata de buscar soluciones sino de obstaculizar a la oposición, cualquiera que esta sea. De esa manera, jamás se llega a acuerdos que permitan emitir decretos efectivos.
Aunque se trate de justificar la rebeldía de las las juventudes precursoras acusando de hipocresía social la época en que vivieron, no se puede tapar el sol con un dedo pues, actualmente, no sólo existe la hipocresía sino también la desidia social.
Así pues, la desigual competencia entre el Derecho Romano y los Derechos Humanos continúa desarrollándose con el arbitraje parcializado de la OEA.